El orden mundial, tal como lo conocimos, no está en una transición incómoda; está roto. Lo que escuchamos recientemente del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, no fue un simple discurso diplomático, fue una autopsia necesaria a una ficción que todos, por conveniencia o temor, ayudamos a sostener.
Durante décadas, nos convencimos de que existía un «orden basado en normas», un ritual global donde las potencias “respetaban el derecho internacional” y los organismos multilaterales eran los árbitros de la paz. Hoy, la realidad se desnuda: las grandes potencias han dejado de fingir.
Carney utilizó una metáfora poderosa del expresidente checo, Václav Havel, para explicar nuestra parálisis: la del vendedor de frutas que pone en su vitrina un cartel con consignas en las que nadie cree, solo para evitar problemas y simular normalidad.
Ese «vivir en la mentira» es lo que ha mantenido a flote a instituciones como la ONU o la OMC, que hoy lucen exiguas, blandas y, a menudo, irrelevantes frente al cinismo de los más fuertes.
Como gobernador y defensor de la autonomía de las regiones, veo en las palabras de Carney un espejo para Colombia y América Latina. Si Canadá, una potencia media, reconoce que su geografía y sus alianzas tradicionales ya no garantizan seguridad, ¿qué nos queda a nosotros?
América Latina ha sido históricamente la despensa de recursos naturales y commodities del mundo. Sin embargo en este nuevo escenario, poseer materias primas ya no es suficiente si no se tiene la audacia de cooperar en bloque.
Nuestra región sufre de divisiones políticas abismales que nos hacen vulnerables. Mientras sigamos compitiendo entre nosotros por las migajas de las potencias hegemónicas, seguiremos siendo, como advierte Carney, el menú y no los comensales.
La teoría de Thomas Hobbes parece cobrar una vigencia aterradora. El «Estado de Naturaleza», esa guerra de todos contra todos donde la vida es brutal y corta, es hoy el tablero internacional. Sin embargo, el «Leviatán» global —el contrato social entre naciones— ha fracasado. El soberano absoluto no existe, y lo que queda es un ‘transaccionalismo’ crudo.
En este contexto, el encuentro Petro – Trump es un choque de visiones sobre este nuevo orden. Petro apuesta por una narrativa de respeto a la vida y los derechos humanos como eje geopolítico, mientras que Trump simboliza el nacionalismo transaccional más puro.
Para Colombia, y especialmente para nuestras regiones con potencial estratégico, el camino no es la melancolía por el orden que se está yendo. Debemos retirar el cartel del escaparate.
«Vivir en la verdad» significa reconocer que nuestra fuerza reside en la unión estratégica de potencias medias y países en desarrollo. No podemos seguir confiando en una arquitectura multilateral que calla ante la coacción económica o la violación de fronteras.
Nuestra autonomía estratégica debe basarse en transformar nuestras materias primas en poder de negociación real, integrando nuestras cadenas de valor.
La honestidad debe ser nuestra nueva diplomacia. Si las reglas ya no protegen a los débiles, los menos poderosos debemos construir nuestra propia resiliencia colectiva.
Es hora de dejar de actuar como si el sistema funcionara y empezar a construir uno nuevo donde la dignidad humana no sea una moneda de cambio, sino el fundamento de nuestra propia fuerza. Outlook para Android








